Margarita Arellanes se graduó en la misma generación de Leyes que yo. O al menos eso dice Wikipedia. Seguramente entre sus sueños estaba formar parte de la dinastía de egresados de la Facultad de Derecho que se convirtieron en gobernadores, ya que en la facultad en la entrada principal están labrados los rostros de todos ellos, y quizá en sus sueños adolescentes Margarita aspiraba a que su rostro apareciera ahí, como la primera mujer gobernadora del Estado.
Sin embargo, la gestión de Margarita tuvo más desatinos que aciertos. En primer lugar, no se ganó a la ciudadanía. Era la oportunidad de que ella, como mujer y como abogada, demostrara ser capaz (o mejor) que un hombre.
Monterrey ya venía de varias administraciones mediocres, llenas de corrupciones y desvíos de recursos. Era la oportunidad para atender las verdaderas necesidades de la ciudad que le había sido entregada. Si Margarita estuvo en Leyes, forzosamente tuvo que tomar la clase de Derecho Municipal, en la cual nos enseñaron que de acuerdo con el artículo 115 de la Constitución, las prioridades del municipio son la prestación de servicios públicos, léase alumbrado, agua, alcantarillado, tratamiento de aguas residuales, mantenimiento de calles, parques y jardines, servicio de limpia, entre otros.
Pero en lugar de atender estas necesidades que son tan evidentes en Monterrey, se concentró en invertir en su propia imagen. Entre los logros que ella dijo alcanzar, fue traer a la Marina a combatir el crimen organizado. Pero se le olvida a Margarita que de acuerdo con la Constitución, el general supremo de las fuerzas armadas, del Ejército y la Marina, no es el alcalde, sino el Presidente de la República, así que si la Marina estuvo presente en Nuevo León fue por designación del Poder Ejecutivo Federal, no del municipal.
Margarita Arellanes debió concentrarse en hacer el trabajo que le tocaba hacer por ley. Debió gestionar la implementación de un drenaje pluvial eficaz que recogiera lluvias y aguas residuales. Debió recarpetear las calles y no dejarlas en el completo abandono, hoy todas convertidas en baches y pozos donde día a día, los automovilistas caen y se dañan sus vehículos. Debió concentrarse en la limpieza, el orden, la infraestructura y dejarnos una ciudad digna y segura. Sin embargo es claro que todos estos descuidos lo único que lograron fue ganar el repudio de los regiomontanos. Día a día, en las redes sociales existen reclamos, burlas y sarcasmos contra su administración acompañados de fotos de baches.
El segundo error de Margarita fue no haber hecho alianzas dentro de su propio partido. Rompió relaciones con los que pudieron haberla apoyado, como Zeferino Salgado, Víctor Fuentes y Raúl Gracia. Incluso confrontó a Fernando Larrazábal, su antecesor. Al no haber logrado dichas alianzas, era obvio que los militantes del partido votaran por el candidato “menos peor”, Felipe de Jesús Cantú.
El tercer error, ya no se trata de un error propiamente, sino de una estrategia de partido. En virtud de que el PRI designó a Ivonne Alvarez como candidata a la gubernatura (seguramente pensando que se enfrentaría con Margarita Arellanes como rival), el PAN pensó que una contienda entre dos mujeres sería reñida, y que incluso llegaría a un empate. Pero al designar a Felipe de Jesús Cantú como candidato a la gubernatura, cambia el escenario. Es una contienda entre hombre y mujer y la sociedad neolonesa todavía es conservadora en ese aspecto, y prefiere a los gobernadores hombres que a las mujeres, especialmente si esas mujeres no demostraron su capacidad ni se ganaron el respeto de los ciudadanos.
Sin embargo, la gestión de Margarita tuvo más desatinos que aciertos. En primer lugar, no se ganó a la ciudadanía. Era la oportunidad de que ella, como mujer y como abogada, demostrara ser capaz (o mejor) que un hombre.
Monterrey ya venía de varias administraciones mediocres, llenas de corrupciones y desvíos de recursos. Era la oportunidad para atender las verdaderas necesidades de la ciudad que le había sido entregada. Si Margarita estuvo en Leyes, forzosamente tuvo que tomar la clase de Derecho Municipal, en la cual nos enseñaron que de acuerdo con el artículo 115 de la Constitución, las prioridades del municipio son la prestación de servicios públicos, léase alumbrado, agua, alcantarillado, tratamiento de aguas residuales, mantenimiento de calles, parques y jardines, servicio de limpia, entre otros.
Pero en lugar de atender estas necesidades que son tan evidentes en Monterrey, se concentró en invertir en su propia imagen. Entre los logros que ella dijo alcanzar, fue traer a la Marina a combatir el crimen organizado. Pero se le olvida a Margarita que de acuerdo con la Constitución, el general supremo de las fuerzas armadas, del Ejército y la Marina, no es el alcalde, sino el Presidente de la República, así que si la Marina estuvo presente en Nuevo León fue por designación del Poder Ejecutivo Federal, no del municipal.
Margarita Arellanes debió concentrarse en hacer el trabajo que le tocaba hacer por ley. Debió gestionar la implementación de un drenaje pluvial eficaz que recogiera lluvias y aguas residuales. Debió recarpetear las calles y no dejarlas en el completo abandono, hoy todas convertidas en baches y pozos donde día a día, los automovilistas caen y se dañan sus vehículos. Debió concentrarse en la limpieza, el orden, la infraestructura y dejarnos una ciudad digna y segura. Sin embargo es claro que todos estos descuidos lo único que lograron fue ganar el repudio de los regiomontanos. Día a día, en las redes sociales existen reclamos, burlas y sarcasmos contra su administración acompañados de fotos de baches.
El segundo error de Margarita fue no haber hecho alianzas dentro de su propio partido. Rompió relaciones con los que pudieron haberla apoyado, como Zeferino Salgado, Víctor Fuentes y Raúl Gracia. Incluso confrontó a Fernando Larrazábal, su antecesor. Al no haber logrado dichas alianzas, era obvio que los militantes del partido votaran por el candidato “menos peor”, Felipe de Jesús Cantú.
El tercer error, ya no se trata de un error propiamente, sino de una estrategia de partido. En virtud de que el PRI designó a Ivonne Alvarez como candidata a la gubernatura (seguramente pensando que se enfrentaría con Margarita Arellanes como rival), el PAN pensó que una contienda entre dos mujeres sería reñida, y que incluso llegaría a un empate. Pero al designar a Felipe de Jesús Cantú como candidato a la gubernatura, cambia el escenario. Es una contienda entre hombre y mujer y la sociedad neolonesa todavía es conservadora en ese aspecto, y prefiere a los gobernadores hombres que a las mujeres, especialmente si esas mujeres no demostraron su capacidad ni se ganaron el respeto de los ciudadanos.

Todo ocurrió muy rápido. Una noche de luna llena, él salió de una fiesta. Cuando iba a su coche descubrió a un perro callejero que olisqueaba la llanta, con intenciones de orinarse ahí. Francisco le gritó “Sshhskale, váyase de aquí”. Pero resultó que el perro no era perro, era un hombre lobo, que le gruñó y le mostró los dientes. Francisco tragó saliva. Hubiera sido muy útil traer consigo una pistola con balas de plata, ¿pero pues quién se iba a imaginar que había hombres lobo rondando por su vecindario?
Su mente racional le aconsejó quedarse quieto y mostrar autoridad, así como César Millán amaestraba a sus perros casi como por arte de magia y se preguntó si ese truco funcionaría con los hombres lobo, por lo que le chistó y le ordenó que se sentara. El hombre lobo se enojó más. Así que ¡al demonio con los trucos de César Millán! Francisco se echó a correr. Pero como también los hombres lobo olían el miedo, al ver a Francisco correr, se fue tras él, ladrándole y aullándole. Y Francisco corría, a como podía, pues tenía años de no hacer ejercicio y una panza cervecera que pesaba como veinte kilos. Se lamentó de no haber hecho la dieta que le impuso su hermana la nutrióloga y de haber abandonado el gimnasio inmediatamente después de pagar la anualidad. Si al menos hubiera adelgazado, habría tenido mejor condición física para huir de aquel hombre lobo que ahora lo perseguía.
Y llegó lo inevitable. Francisco se paró, jadeando y sin aire, y el hombre lobo lo mordió.
Francisco llegó a su casa, adolorido y cansado. Se miró la herida en la pantorrilla. Se desinfectó con alcohol e imploró que el hombre lobo no tuviera rabia porque él no quería ponerse inyecciones. Aunque luego se dio de topes en la cabeza. ¿Se preocupaba por la rabia en lugar de preocuparse por convertirse en un hombre lobo? Qué tonto.
Al día siguiente, Francisco despertó como si nada. De su aventura de la noche anterior solo quedaba la resaca y el dolor de la mordida, pero no era tan intenso como para faltar al trabajo, así que se vistió y se fue a la oficina. Allá le platicó a Adrián, su amigo, lo que le había pasado después de la fiesta. Como era de esperarse, no le creyó y le dijo que probablemente lo había alucinado de tan borracho que estaba.
Francisco pensó que tal vez su amigo tenía razón y dio por olvidado el asunto. Sin embargo, una serie de extraños síntomas ocurrieron después. El vello y la barba se volvieron más abundantes, las uñas le crecieron y sentía un irresistible antojo a la comida para perro y un odio a los gatos. ¿Eso era normal?
Como sus cambios se estaban volviendo más evidentes, decidió consultar con un médico pero éste le dijo que no atendía ese tipo de casos así que fue con un veterinario. Éste, después de una serie de análisis, concluyó que efectivamente se estaba convirtiendo en un hombre lobo y que no había cura para eso más que suicidarse con una bala de plata. Sin embargo, le dijo que no se preocupara ya que los hombres lobo se estaban poniendo de moda gracias a Stephenie Meyer y sus novelas de Crepúsculo y que eso lo haría muy popular entre las mujeres.
Resignado, Francisco volvió a su casa, aunque también pensó en la posibilidad de atraer más mujeres con su nueva transformación. Se imaginó como un hombre lobo velludo, fuerte y musculoso, con un abdomen de lavadero. Sería la envidia de los demás.
Y marcó cada día del calendario, esperando la luna llena con ansias, hasta que finalmente llegó. Y… ¡oh sorpresa!, no se convirtió en el hombre lobo que imaginaba. Seguía siendo flácido y panzón pero con la diferencia de que ahora estaba lleno de pelo.
Aun así tuvo suerte. Las mujeres al verlo exclamaron ¡Qué bonito perrito!, ¡Ternurita!, ¡Cosha!, y lo abrazaban, le hacían piojito y en invierno le tejían suéteres de colores.