Nunca me había dado cuenta de lo absurdo de una situación hasta que alguien lo narra como cosa cotidiana en la oficina, a la hora del café. Una compañera hablando del facebook de una amiga donde sale una foto del bebé de la amiga, y ésta escribe un texto larguísimo y cursi.
"Hace un año que no te conocía y que estabas en mi vientre, y formabas parte de mí, y yo te esperaba tenerte en mis brazos, hasta que por fin Dios me regaló a un angelito del cielo blablabla...."
Y mientras la compañera leía la "carta" de esa señora a su hijo que aún no sabe ni siquiera qué es el Facebook y mucho menos sabe que ya expusieron sus fotos en esa red social, recordé a tantas y tantas amigas que hacen lo mismo, desde que están embarazadas, cuando están de parto y cada vez que sus vástagos cumplen años. Poner las fotos de los niños y declarar a los cuatro vientos que aman a sus angelitos del cielo.
Entiendo que el amor de una madre es indescriptible y yo misma anhelo serlo algún día. Pero me parece cursi y tonto andarlo exhibiendo en las redes sociales. ¿Para qué? ¿Para ganar el reconocimiento de terceras personas? ¿Para presumirlo? ¿Para que otras amigas les digan cumplidos? Eso no es necesario.
Si yo tomara fotos de mis hijos, las guardaría para mí. Si yo les escribiera cartas, se las daría a ellos cuando ya supieran leer. Pero se las daría por escrito, a mano, para que les quede el recuerdo del amor que les tuve. No se los dejaría en un banal mensaje en una red social que quien sabe... a lo mejor dentro de algunos años ya no va a existir y será sustituido por otras tecnologías.
Yo no exhibiría ni mis palabras ni mis fotos de mis hijos para que alguien más me aplauda, o me alabe o me felicite. Porque yo estoy segura de quien soy yo, y cuando llegue el momento de tener un bebé ese momento lo quiero compartir con él y mi pareja y mi familia cercana, no con otras personas que no interactúan en mi vida.
"Hace un año que no te conocía y que estabas en mi vientre, y formabas parte de mí, y yo te esperaba tenerte en mis brazos, hasta que por fin Dios me regaló a un angelito del cielo blablabla...."
Y mientras la compañera leía la "carta" de esa señora a su hijo que aún no sabe ni siquiera qué es el Facebook y mucho menos sabe que ya expusieron sus fotos en esa red social, recordé a tantas y tantas amigas que hacen lo mismo, desde que están embarazadas, cuando están de parto y cada vez que sus vástagos cumplen años. Poner las fotos de los niños y declarar a los cuatro vientos que aman a sus angelitos del cielo.
Entiendo que el amor de una madre es indescriptible y yo misma anhelo serlo algún día. Pero me parece cursi y tonto andarlo exhibiendo en las redes sociales. ¿Para qué? ¿Para ganar el reconocimiento de terceras personas? ¿Para presumirlo? ¿Para que otras amigas les digan cumplidos? Eso no es necesario.
Si yo tomara fotos de mis hijos, las guardaría para mí. Si yo les escribiera cartas, se las daría a ellos cuando ya supieran leer. Pero se las daría por escrito, a mano, para que les quede el recuerdo del amor que les tuve. No se los dejaría en un banal mensaje en una red social que quien sabe... a lo mejor dentro de algunos años ya no va a existir y será sustituido por otras tecnologías.
Yo no exhibiría ni mis palabras ni mis fotos de mis hijos para que alguien más me aplauda, o me alabe o me felicite. Porque yo estoy segura de quien soy yo, y cuando llegue el momento de tener un bebé ese momento lo quiero compartir con él y mi pareja y mi familia cercana, no con otras personas que no interactúan en mi vida.
Todo ocurrió muy rápido. Una noche de luna llena, él salió de una fiesta. Cuando iba a su coche descubrió a un perro callejero que olisqueaba la llanta, con intenciones de orinarse ahí. Francisco le gritó “Sshhskale, váyase de aquí”. Pero resultó que el perro no era perro, era un hombre lobo, que le gruñó y le mostró los dientes. Francisco tragó saliva. Hubiera sido muy útil traer consigo una pistola con balas de plata, ¿pero pues quién se iba a imaginar que había hombres lobo rondando por su vecindario?
Su mente racional le aconsejó quedarse quieto y mostrar autoridad, así como César Millán amaestraba a sus perros casi como por arte de magia y se preguntó si ese truco funcionaría con los hombres lobo, por lo que le chistó y le ordenó que se sentara. El hombre lobo se enojó más. Así que ¡al demonio con los trucos de César Millán! Francisco se echó a correr. Pero como también los hombres lobo olían el miedo, al ver a Francisco correr, se fue tras él, ladrándole y aullándole. Y Francisco corría, a como podía, pues tenía años de no hacer ejercicio y una panza cervecera que pesaba como veinte kilos. Se lamentó de no haber hecho la dieta que le impuso su hermana la nutrióloga y de haber abandonado el gimnasio inmediatamente después de pagar la anualidad. Si al menos hubiera adelgazado, habría tenido mejor condición física para huir de aquel hombre lobo que ahora lo perseguía.
Y llegó lo inevitable. Francisco se paró, jadeando y sin aire, y el hombre lobo lo mordió.
Francisco llegó a su casa, adolorido y cansado. Se miró la herida en la pantorrilla. Se desinfectó con alcohol e imploró que el hombre lobo no tuviera rabia porque él no quería ponerse inyecciones. Aunque luego se dio de topes en la cabeza. ¿Se preocupaba por la rabia en lugar de preocuparse por convertirse en un hombre lobo? Qué tonto.
Al día siguiente, Francisco despertó como si nada. De su aventura de la noche anterior solo quedaba la resaca y el dolor de la mordida, pero no era tan intenso como para faltar al trabajo, así que se vistió y se fue a la oficina. Allá le platicó a Adrián, su amigo, lo que le había pasado después de la fiesta. Como era de esperarse, no le creyó y le dijo que probablemente lo había alucinado de tan borracho que estaba.
Francisco pensó que tal vez su amigo tenía razón y dio por olvidado el asunto. Sin embargo, una serie de extraños síntomas ocurrieron después. El vello y la barba se volvieron más abundantes, las uñas le crecieron y sentía un irresistible antojo a la comida para perro y un odio a los gatos. ¿Eso era normal?
Como sus cambios se estaban volviendo más evidentes, decidió consultar con un médico pero éste le dijo que no atendía ese tipo de casos así que fue con un veterinario. Éste, después de una serie de análisis, concluyó que efectivamente se estaba convirtiendo en un hombre lobo y que no había cura para eso más que suicidarse con una bala de plata. Sin embargo, le dijo que no se preocupara ya que los hombres lobo se estaban poniendo de moda gracias a Stephenie Meyer y sus novelas de Crepúsculo y que eso lo haría muy popular entre las mujeres.
Resignado, Francisco volvió a su casa, aunque también pensó en la posibilidad de atraer más mujeres con su nueva transformación. Se imaginó como un hombre lobo velludo, fuerte y musculoso, con un abdomen de lavadero. Sería la envidia de los demás.
Y marcó cada día del calendario, esperando la luna llena con ansias, hasta que finalmente llegó. Y… ¡oh sorpresa!, no se convirtió en el hombre lobo que imaginaba. Seguía siendo flácido y panzón pero con la diferencia de que ahora estaba lleno de pelo.
Aun así tuvo suerte. Las mujeres al verlo exclamaron ¡Qué bonito perrito!, ¡Ternurita!, ¡Cosha!, y lo abrazaban, le hacían piojito y en invierno le tejían suéteres de colores.