Hoy me llegó el mismo mensaje dos veces, en diferentes programas, a diferentes horas, en la televisión.
Se trataba de que la adrenalina hace que nuestro cerebro se convierta en cemento fresco listo para implantar ideas o recuerdos, para siempre.
El primer programa donde vi esta teoría fue en una película llamada "Mind Games". No la vi completa, pero ellos explicaron esta teoría. Una descarga de adrenalina sumada a una conversación donde una persona te implanta ideas acerca de tu persona, hace que se fije como un tatuaje y que el cerebro los asimile como parte de tu personalidad.
El segundo programa, donde mencionaron lo mismo, fue en otro que se llama "Juegos Mentales" que es de NatGeo. Hicieron también un experimento, en donde pedían al espectador que cerrara los ojos y que trajera a la mente el recuerdo más antiguo y más vívido que teníamos. Obviamente, eso te traslada al pasado. Y obviamente tiene que ver con descargas de adrenalina. En mi caso, mi recuerdo fue estar parada encima del sofá, mirando por la ventana, y gritando de emoción porque mi papá regresaba del trabajo. Yo creo que tendría unos tres años en ese entonces.
Y me quedo pensando, ¿cuáles son son los recuerdos más vívidos? Los de los parques de diversiones, las fiestas de cumpleaños, el primer beso, las vacaciones más locas y divertidas... prácticamente aquellos que traen una carga de adrenalina cuando ocurrieron.
Se trataba de que la adrenalina hace que nuestro cerebro se convierta en cemento fresco listo para implantar ideas o recuerdos, para siempre.
El primer programa donde vi esta teoría fue en una película llamada "Mind Games". No la vi completa, pero ellos explicaron esta teoría. Una descarga de adrenalina sumada a una conversación donde una persona te implanta ideas acerca de tu persona, hace que se fije como un tatuaje y que el cerebro los asimile como parte de tu personalidad.
El segundo programa, donde mencionaron lo mismo, fue en otro que se llama "Juegos Mentales" que es de NatGeo. Hicieron también un experimento, en donde pedían al espectador que cerrara los ojos y que trajera a la mente el recuerdo más antiguo y más vívido que teníamos. Obviamente, eso te traslada al pasado. Y obviamente tiene que ver con descargas de adrenalina. En mi caso, mi recuerdo fue estar parada encima del sofá, mirando por la ventana, y gritando de emoción porque mi papá regresaba del trabajo. Yo creo que tendría unos tres años en ese entonces.
Y me quedo pensando, ¿cuáles son son los recuerdos más vívidos? Los de los parques de diversiones, las fiestas de cumpleaños, el primer beso, las vacaciones más locas y divertidas... prácticamente aquellos que traen una carga de adrenalina cuando ocurrieron.



Todo ocurrió muy rápido. Una noche de luna llena, él salió de una fiesta. Cuando iba a su coche descubrió a un perro callejero que olisqueaba la llanta, con intenciones de orinarse ahí. Francisco le gritó “Sshhskale, váyase de aquí”. Pero resultó que el perro no era perro, era un hombre lobo, que le gruñó y le mostró los dientes. Francisco tragó saliva. Hubiera sido muy útil traer consigo una pistola con balas de plata, ¿pero pues quién se iba a imaginar que había hombres lobo rondando por su vecindario?
Su mente racional le aconsejó quedarse quieto y mostrar autoridad, así como César Millán amaestraba a sus perros casi como por arte de magia y se preguntó si ese truco funcionaría con los hombres lobo, por lo que le chistó y le ordenó que se sentara. El hombre lobo se enojó más. Así que ¡al demonio con los trucos de César Millán! Francisco se echó a correr. Pero como también los hombres lobo olían el miedo, al ver a Francisco correr, se fue tras él, ladrándole y aullándole. Y Francisco corría, a como podía, pues tenía años de no hacer ejercicio y una panza cervecera que pesaba como veinte kilos. Se lamentó de no haber hecho la dieta que le impuso su hermana la nutrióloga y de haber abandonado el gimnasio inmediatamente después de pagar la anualidad. Si al menos hubiera adelgazado, habría tenido mejor condición física para huir de aquel hombre lobo que ahora lo perseguía.
Y llegó lo inevitable. Francisco se paró, jadeando y sin aire, y el hombre lobo lo mordió.
Francisco llegó a su casa, adolorido y cansado. Se miró la herida en la pantorrilla. Se desinfectó con alcohol e imploró que el hombre lobo no tuviera rabia porque él no quería ponerse inyecciones. Aunque luego se dio de topes en la cabeza. ¿Se preocupaba por la rabia en lugar de preocuparse por convertirse en un hombre lobo? Qué tonto.
Al día siguiente, Francisco despertó como si nada. De su aventura de la noche anterior solo quedaba la resaca y el dolor de la mordida, pero no era tan intenso como para faltar al trabajo, así que se vistió y se fue a la oficina. Allá le platicó a Adrián, su amigo, lo que le había pasado después de la fiesta. Como era de esperarse, no le creyó y le dijo que probablemente lo había alucinado de tan borracho que estaba.
Francisco pensó que tal vez su amigo tenía razón y dio por olvidado el asunto. Sin embargo, una serie de extraños síntomas ocurrieron después. El vello y la barba se volvieron más abundantes, las uñas le crecieron y sentía un irresistible antojo a la comida para perro y un odio a los gatos. ¿Eso era normal?
Como sus cambios se estaban volviendo más evidentes, decidió consultar con un médico pero éste le dijo que no atendía ese tipo de casos así que fue con un veterinario. Éste, después de una serie de análisis, concluyó que efectivamente se estaba convirtiendo en un hombre lobo y que no había cura para eso más que suicidarse con una bala de plata. Sin embargo, le dijo que no se preocupara ya que los hombres lobo se estaban poniendo de moda gracias a Stephenie Meyer y sus novelas de Crepúsculo y que eso lo haría muy popular entre las mujeres.
Resignado, Francisco volvió a su casa, aunque también pensó en la posibilidad de atraer más mujeres con su nueva transformación. Se imaginó como un hombre lobo velludo, fuerte y musculoso, con un abdomen de lavadero. Sería la envidia de los demás.
Y marcó cada día del calendario, esperando la luna llena con ansias, hasta que finalmente llegó. Y… ¡oh sorpresa!, no se convirtió en el hombre lobo que imaginaba. Seguía siendo flácido y panzón pero con la diferencia de que ahora estaba lleno de pelo.
Aun así tuvo suerte. Las mujeres al verlo exclamaron ¡Qué bonito perrito!, ¡Ternurita!, ¡Cosha!, y lo abrazaban, le hacían piojito y en invierno le tejían suéteres de colores.