Estaba viendo un documental en el canal de negocios WOBI. No es porque me la pase viendo documentales, sino porque ese canal nos enseña a veces lo que está detrás del consumismo, por qué compramos lo que compramos. Básicamente y para reducirlo en una sola frase: compramos lo que el fabricante nos hace creer que necesitamos.
Pero el tema aquí es específicamente sobre la industria farmacéutica. Cuando se dio el brote de epidemia de ébola en África yo me preguntaba por qué no se había encontrado la cura a pesar de los avances médicos y tecnológicos que se han dado desde las últimas décadas. Si bien es cierto que ahorita la enfermedad se consideraba como incurable, también lo era que las industrias farmacéuticas no le habían invertido a la investigación de la cura porque no era redituable. Su clientela estaría compuesta únicamente por africanos de países pobres. O sea, no les generaría ganancias. No fue sino hasta que se dieron algunos brotes en España y en Estados Unidos cuando se pusieron las pilas y buscaron una vacuna y cuidados paliativos que ayudaron a algunos de esos contagiados a superar la enfermedad (otros fallecieron en el intento).
Y bien, el programa que vi el día de hoy respecto a lo que hay detrás de la industria farmacéutica corroboró lo que yo ya venía sospechando. La industria farmacéutica está centrando sus propósitos en un objetivo más frívolo: evitar el envejecimiento.
En efecto, en la sociedad occidental, las principales farmacéuticas y los que pretenden integrarse en el ramo médico con patentes de aparatos, promueven productos que prometen retardar o detener el envejecimiento. Desde cremas, pastillas, aparatos que emiten radiaciones especiales, inyecciones, etcétera. Luego todos ellos van a Las Vegas y organizan una convención a la cual invitan a todos los médicos a que conozcan sus productos. Además de los médicos, también van artistas y políticos que compran con afán dichos productos o servicios para mantener el rostro lozano o el talle perfecto o la musculatura.
Pero lo más irónico es que no hay productos que alivien las enfermedades crónicas de la tercera edad. Esto quiere decir que las farmacéuticas les conviene más vender una crema antiarrugas o una hormona artificial que retarde el envejecimiento que evitar, no sé, la diabetes o el cáncer o la insuficiencia renal o el desgaste de los huesos.
Y claro, suena lógico. ¿Quiénes son mis clientes? ¿Los viejitos jubilados o los hombres y mujeres económicamente activos y con dinero? Obviamente inclinarán la balanza hacia estos últimos porque son los que tienen dinero. Los viejitos no son prioridad y menos en una sociedad como la occidental donde se tiene un culto al cuerpo, al exterior, no al interior (y no hablo de sentimientos, jaja, hablo de las funciones de nuestros sistemas circulatorio, respiratorio y digestivo).
De ahí que haya muchas enfermedades que no tienen cura o que sean crónicas. Porque no son atractivas en términos económicos para la industria farmacéutica. Serían pocos los que compraran el medicamento o producto.
Así que no nos queda más remedio que cuidar la salud durante nuestra juventud. Alimentarnos bien, hacer ejercicio, procurar llevar una vida más sana para tener una vejez de calidad, y no esperanzarnos a que en el futuro se encontrará la cura de todas las enfermedades, porque ahorita conocemos más sobre cómo cambiar de sexo a un hombre para convertirlo en mujer que en cómo curar el ébola.
Pero el tema aquí es específicamente sobre la industria farmacéutica. Cuando se dio el brote de epidemia de ébola en África yo me preguntaba por qué no se había encontrado la cura a pesar de los avances médicos y tecnológicos que se han dado desde las últimas décadas. Si bien es cierto que ahorita la enfermedad se consideraba como incurable, también lo era que las industrias farmacéuticas no le habían invertido a la investigación de la cura porque no era redituable. Su clientela estaría compuesta únicamente por africanos de países pobres. O sea, no les generaría ganancias. No fue sino hasta que se dieron algunos brotes en España y en Estados Unidos cuando se pusieron las pilas y buscaron una vacuna y cuidados paliativos que ayudaron a algunos de esos contagiados a superar la enfermedad (otros fallecieron en el intento).
Y bien, el programa que vi el día de hoy respecto a lo que hay detrás de la industria farmacéutica corroboró lo que yo ya venía sospechando. La industria farmacéutica está centrando sus propósitos en un objetivo más frívolo: evitar el envejecimiento.
En efecto, en la sociedad occidental, las principales farmacéuticas y los que pretenden integrarse en el ramo médico con patentes de aparatos, promueven productos que prometen retardar o detener el envejecimiento. Desde cremas, pastillas, aparatos que emiten radiaciones especiales, inyecciones, etcétera. Luego todos ellos van a Las Vegas y organizan una convención a la cual invitan a todos los médicos a que conozcan sus productos. Además de los médicos, también van artistas y políticos que compran con afán dichos productos o servicios para mantener el rostro lozano o el talle perfecto o la musculatura.
Pero lo más irónico es que no hay productos que alivien las enfermedades crónicas de la tercera edad. Esto quiere decir que las farmacéuticas les conviene más vender una crema antiarrugas o una hormona artificial que retarde el envejecimiento que evitar, no sé, la diabetes o el cáncer o la insuficiencia renal o el desgaste de los huesos.
Y claro, suena lógico. ¿Quiénes son mis clientes? ¿Los viejitos jubilados o los hombres y mujeres económicamente activos y con dinero? Obviamente inclinarán la balanza hacia estos últimos porque son los que tienen dinero. Los viejitos no son prioridad y menos en una sociedad como la occidental donde se tiene un culto al cuerpo, al exterior, no al interior (y no hablo de sentimientos, jaja, hablo de las funciones de nuestros sistemas circulatorio, respiratorio y digestivo).
De ahí que haya muchas enfermedades que no tienen cura o que sean crónicas. Porque no son atractivas en términos económicos para la industria farmacéutica. Serían pocos los que compraran el medicamento o producto.
Así que no nos queda más remedio que cuidar la salud durante nuestra juventud. Alimentarnos bien, hacer ejercicio, procurar llevar una vida más sana para tener una vejez de calidad, y no esperanzarnos a que en el futuro se encontrará la cura de todas las enfermedades, porque ahorita conocemos más sobre cómo cambiar de sexo a un hombre para convertirlo en mujer que en cómo curar el ébola.






Todo ocurrió muy rápido. Una noche de luna llena, él salió de una fiesta. Cuando iba a su coche descubrió a un perro callejero que olisqueaba la llanta, con intenciones de orinarse ahí. Francisco le gritó “Sshhskale, váyase de aquí”. Pero resultó que el perro no era perro, era un hombre lobo, que le gruñó y le mostró los dientes. Francisco tragó saliva. Hubiera sido muy útil traer consigo una pistola con balas de plata, ¿pero pues quién se iba a imaginar que había hombres lobo rondando por su vecindario?
Su mente racional le aconsejó quedarse quieto y mostrar autoridad, así como César Millán amaestraba a sus perros casi como por arte de magia y se preguntó si ese truco funcionaría con los hombres lobo, por lo que le chistó y le ordenó que se sentara. El hombre lobo se enojó más. Así que ¡al demonio con los trucos de César Millán! Francisco se echó a correr. Pero como también los hombres lobo olían el miedo, al ver a Francisco correr, se fue tras él, ladrándole y aullándole. Y Francisco corría, a como podía, pues tenía años de no hacer ejercicio y una panza cervecera que pesaba como veinte kilos. Se lamentó de no haber hecho la dieta que le impuso su hermana la nutrióloga y de haber abandonado el gimnasio inmediatamente después de pagar la anualidad. Si al menos hubiera adelgazado, habría tenido mejor condición física para huir de aquel hombre lobo que ahora lo perseguía.
Y llegó lo inevitable. Francisco se paró, jadeando y sin aire, y el hombre lobo lo mordió.
Francisco llegó a su casa, adolorido y cansado. Se miró la herida en la pantorrilla. Se desinfectó con alcohol e imploró que el hombre lobo no tuviera rabia porque él no quería ponerse inyecciones. Aunque luego se dio de topes en la cabeza. ¿Se preocupaba por la rabia en lugar de preocuparse por convertirse en un hombre lobo? Qué tonto.
Al día siguiente, Francisco despertó como si nada. De su aventura de la noche anterior solo quedaba la resaca y el dolor de la mordida, pero no era tan intenso como para faltar al trabajo, así que se vistió y se fue a la oficina. Allá le platicó a Adrián, su amigo, lo que le había pasado después de la fiesta. Como era de esperarse, no le creyó y le dijo que probablemente lo había alucinado de tan borracho que estaba.
Francisco pensó que tal vez su amigo tenía razón y dio por olvidado el asunto. Sin embargo, una serie de extraños síntomas ocurrieron después. El vello y la barba se volvieron más abundantes, las uñas le crecieron y sentía un irresistible antojo a la comida para perro y un odio a los gatos. ¿Eso era normal?
Como sus cambios se estaban volviendo más evidentes, decidió consultar con un médico pero éste le dijo que no atendía ese tipo de casos así que fue con un veterinario. Éste, después de una serie de análisis, concluyó que efectivamente se estaba convirtiendo en un hombre lobo y que no había cura para eso más que suicidarse con una bala de plata. Sin embargo, le dijo que no se preocupara ya que los hombres lobo se estaban poniendo de moda gracias a Stephenie Meyer y sus novelas de Crepúsculo y que eso lo haría muy popular entre las mujeres.
Resignado, Francisco volvió a su casa, aunque también pensó en la posibilidad de atraer más mujeres con su nueva transformación. Se imaginó como un hombre lobo velludo, fuerte y musculoso, con un abdomen de lavadero. Sería la envidia de los demás.
Y marcó cada día del calendario, esperando la luna llena con ansias, hasta que finalmente llegó. Y… ¡oh sorpresa!, no se convirtió en el hombre lobo que imaginaba. Seguía siendo flácido y panzón pero con la diferencia de que ahora estaba lleno de pelo.
Aun así tuvo suerte. Las mujeres al verlo exclamaron ¡Qué bonito perrito!, ¡Ternurita!, ¡Cosha!, y lo abrazaban, le hacían piojito y en invierno le tejían suéteres de colores.