Bastante polémica se ha levantado con el estreno de la película “50 Sombras de Grey”. Los más indignados son los hombres, pues se burlan de las mujeres que acuden a los cines o que han leído los libros, diciéndoles que jamás encontrarán a un tipo como Christian Grey.
Pero el éxito de la novela y de la película tiene un trasfondo que va más allá del morbo y del sexo. Tiene que ver con la carencia del amor romántico en la actualidad.
En estos tiempos, y en esta ciudad, al amor se le ha puesto un precio. Y no me refiero a comprar flores, dulces o joyas, o ir a que te lean el tarot. El concepto del amor en sí, se ha vuelto algo mercantil, del cual los emprendedores sacan provecho económico.
Hay eventos de los denominados citas de cinco minutos, en el cual se convoca a solteros, viudos y divorciados, para que a cambio de una cuota de entrada, puedan conocer a personas del sexo opuesto con quien conversar por un espacio de cinco minutos. Si logran congeniar, intercambian datos, si no, la persona cambia de mesa y se convierte en un extraño más que nunca volverá a ver. A este tipo de eventos acuden por lo general (al menos en Monterrey) un 10% hombres y el 90% son mujeres. Para estas agencias, este desequilibrio no les importa, pues es un negocio. Pero son los asistentes quienes se llevan la decepción. Las mujeres porque se dan cuenta de inmediato que son pocos los hombres que asisten a esos eventos. Y los hombres porque al ver tanta “oferta” se vuelven selectivos, pero también presienten que esas mujeres buscan un compromiso serio (léase, encontrar esposo) y ellos no se sienten listos aún para eso.
Otra manera de ponerle precio al amor es ofreciendo cursos de seducción, así como la película de Hitch protagonizada por Will Smith. Existen de manera un poco clandestina, escuelas donde los profesores enseñan a los hombres técnicas de programación neurolingüistica o PNL para ligar mujeres. Haciendo uso del sargeo, rapport y lenguaje corporal, el hombre aprende a seducir a una dama. Lo que a la vez puede ser un arma de doble filo porque no se sabe el propósito por el cual toma el curso, puede ser que el hombre use esas estrategias para enamorar a la mujer de sus sueños o para llevarla solamente a la cama.
La carencia de amor romántico también abre la puerta a las terapias psicológicas. Cada vez son más las personas que acuden con un psicólogo para tratar problemas de ansiedad y depresión por la falta de pareja o por el fracaso de una relación. Los psicólogos ayudan al paciente a sobrellevar la situación, mejorar la autoestima y salir adelante, pero solamente eso. Otra manera de lucrar con el amor es mediante libros de superación personal. Diversos autores ofrecen títulos que tocan las fibras de cualquier persona que busca amor. Dan consejos de cómo conseguir pareja, o como mantenerla, o de plano, ayudan a visualizar y decretar al universo la llegada del ser amado. Y por último, están estas novelas, que venden la fantasía de la pareja ideal, aderezado con sexo. Recuerdo mucho una vez, que durante una reunión de puros muchachos y muchachas, estaba presente una pareja de ancianos, tomados de la mano. El hombre nos escuchó hablar e intervino en la conversación para platicarnos su historia, pero cuando llegó a la parte en donde conoció a su esposa, nos dijo: “Ustedes los jóvenes ya no conocen el amor, creen que solamente se trata de sexo y mensajes por celular, y así no es. Yo cuando conocí a mi esposa, la cortejé por meses, le escribía cartas de amor, le llevaba flores y dulces, y el día que me besó por primera vez me sentí el hombre más feliz del mundo, porque me había costado tanto trabajo conquistarla que al ganarme su amor, me sentí un héroe”.
La carencia de amor romántico también abre la puerta a las terapias psicológicas. Cada vez son más las personas que acuden con un psicólogo para tratar problemas de ansiedad y depresión por la falta de pareja o por el fracaso de una relación. Los psicólogos ayudan al paciente a sobrellevar la situación, mejorar la autoestima y salir adelante, pero solamente eso. Otra manera de lucrar con el amor es mediante libros de superación personal. Diversos autores ofrecen títulos que tocan las fibras de cualquier persona que busca amor. Dan consejos de cómo conseguir pareja, o como mantenerla, o de plano, ayudan a visualizar y decretar al universo la llegada del ser amado. Y por último, están estas novelas, que venden la fantasía de la pareja ideal, aderezado con sexo. Recuerdo mucho una vez, que durante una reunión de puros muchachos y muchachas, estaba presente una pareja de ancianos, tomados de la mano. El hombre nos escuchó hablar e intervino en la conversación para platicarnos su historia, pero cuando llegó a la parte en donde conoció a su esposa, nos dijo: “Ustedes los jóvenes ya no conocen el amor, creen que solamente se trata de sexo y mensajes por celular, y así no es. Yo cuando conocí a mi esposa, la cortejé por meses, le escribía cartas de amor, le llevaba flores y dulces, y el día que me besó por primera vez me sentí el hombre más feliz del mundo, porque me había costado tanto trabajo conquistarla que al ganarme su amor, me sentí un héroe”.

Todo ocurrió muy rápido. Una noche de luna llena, él salió de una fiesta. Cuando iba a su coche descubrió a un perro callejero que olisqueaba la llanta, con intenciones de orinarse ahí. Francisco le gritó “Sshhskale, váyase de aquí”. Pero resultó que el perro no era perro, era un hombre lobo, que le gruñó y le mostró los dientes. Francisco tragó saliva. Hubiera sido muy útil traer consigo una pistola con balas de plata, ¿pero pues quién se iba a imaginar que había hombres lobo rondando por su vecindario?
Su mente racional le aconsejó quedarse quieto y mostrar autoridad, así como César Millán amaestraba a sus perros casi como por arte de magia y se preguntó si ese truco funcionaría con los hombres lobo, por lo que le chistó y le ordenó que se sentara. El hombre lobo se enojó más. Así que ¡al demonio con los trucos de César Millán! Francisco se echó a correr. Pero como también los hombres lobo olían el miedo, al ver a Francisco correr, se fue tras él, ladrándole y aullándole. Y Francisco corría, a como podía, pues tenía años de no hacer ejercicio y una panza cervecera que pesaba como veinte kilos. Se lamentó de no haber hecho la dieta que le impuso su hermana la nutrióloga y de haber abandonado el gimnasio inmediatamente después de pagar la anualidad. Si al menos hubiera adelgazado, habría tenido mejor condición física para huir de aquel hombre lobo que ahora lo perseguía.
Y llegó lo inevitable. Francisco se paró, jadeando y sin aire, y el hombre lobo lo mordió.
Francisco llegó a su casa, adolorido y cansado. Se miró la herida en la pantorrilla. Se desinfectó con alcohol e imploró que el hombre lobo no tuviera rabia porque él no quería ponerse inyecciones. Aunque luego se dio de topes en la cabeza. ¿Se preocupaba por la rabia en lugar de preocuparse por convertirse en un hombre lobo? Qué tonto.
Al día siguiente, Francisco despertó como si nada. De su aventura de la noche anterior solo quedaba la resaca y el dolor de la mordida, pero no era tan intenso como para faltar al trabajo, así que se vistió y se fue a la oficina. Allá le platicó a Adrián, su amigo, lo que le había pasado después de la fiesta. Como era de esperarse, no le creyó y le dijo que probablemente lo había alucinado de tan borracho que estaba.
Francisco pensó que tal vez su amigo tenía razón y dio por olvidado el asunto. Sin embargo, una serie de extraños síntomas ocurrieron después. El vello y la barba se volvieron más abundantes, las uñas le crecieron y sentía un irresistible antojo a la comida para perro y un odio a los gatos. ¿Eso era normal?
Como sus cambios se estaban volviendo más evidentes, decidió consultar con un médico pero éste le dijo que no atendía ese tipo de casos así que fue con un veterinario. Éste, después de una serie de análisis, concluyó que efectivamente se estaba convirtiendo en un hombre lobo y que no había cura para eso más que suicidarse con una bala de plata. Sin embargo, le dijo que no se preocupara ya que los hombres lobo se estaban poniendo de moda gracias a Stephenie Meyer y sus novelas de Crepúsculo y que eso lo haría muy popular entre las mujeres.
Resignado, Francisco volvió a su casa, aunque también pensó en la posibilidad de atraer más mujeres con su nueva transformación. Se imaginó como un hombre lobo velludo, fuerte y musculoso, con un abdomen de lavadero. Sería la envidia de los demás.
Y marcó cada día del calendario, esperando la luna llena con ansias, hasta que finalmente llegó. Y… ¡oh sorpresa!, no se convirtió en el hombre lobo que imaginaba. Seguía siendo flácido y panzón pero con la diferencia de que ahora estaba lleno de pelo.
Aun así tuvo suerte. Las mujeres al verlo exclamaron ¡Qué bonito perrito!, ¡Ternurita!, ¡Cosha!, y lo abrazaban, le hacían piojito y en invierno le tejían suéteres de colores.